Metodología y equipos9 min

Su proyecto de software falla por lo mismo que una fiesta sorpresa

Por Dorian Chávez · fundador de Hábil y arquitecto de integración ·

Tareas sin dueño, rojos que se ven tarde y temas que nadie decide. Seis decisiones para que su proyecto llegue a la fecha y seis preguntas para su proveedor.

Sofía cumple 25 años el sábado 14 de noviembre. Sus tres mejores amigos quieren hacerle una fiesta sorpresa: 30 invitados, $9,000 pesos y cuatro semanas. Nada del otro mundo. Y aun así, casi todas las fiestas que fracasan lo hacen por las mismas tres razones:

  • Nadie sabía bien qué había que hacer. «Alguien iba a traer el hielo.» ¿Quién? Nadie.
  • Se dieron cuenta tarde. El viernes en la noche descubren que el salón pedía anticipo desde el martes.
  • Nadie revisó. Todos creían que el otro ya lo había hecho.

Cambie la fiesta por la integración de su sistema de facturación, la nueva app de clientes o la migración de un proceso al ERP, y las tres razones siguen ahí, con otro nombre. La tecnología tiene sus propios riesgos, y se atienden con ingeniería. Pero muchos proyectos de software se atoran por lo mismo que una fiesta: tareas sin dueño, problemas que se ven tarde y decisiones que nadie toma.

Lo bueno es que eso se corrige con las mismas prácticas en los dos casos. Vamos con la fiesta, porque se entiende a la primera, y en cada paso le digo cómo se ve en su proyecto.

1. Una meta que se revise con un sí o un no

«Hagamos una fiesta» no es un plan; es un deseo. Con un deseo, Ana imagina una cena para 10, Beto una fiesta con DJ para 60 y Carla una carne asada. Los tres trabajan, pero en tres fiestas distintas.

Por eso, antes de mover un dedo, escriben qué significa que salió bien:

Sofía no se enteró antes · llegaron al menos 25 invitados · no gastamos más de $9,000 · a las 8:30 p.m. todo estaba listo.

No dice «que todos se diviertan», porque eso no se puede revisar. Dice cuatro cosas que el domingo se contestan con un sí o un no.

En su proyecto, esto son los criterios de éxito del proyecto y, más abajo, los criterios de aceptación de cada entregable. «Que el portal sea más ágil» es un deseo. «Que un cliente, ya dentro del portal desde su celular, descargue su factura en tres clics o menos» es una meta: el día de la entrega se prueba con usuarios reales y se acabó la discusión.

Si no se puede revisar con un sí o un no, todavía no es una meta.

2. Cada tarea: un verbo, una persona, una fecha y una prueba

La lista de la fiesta empieza como una lluvia de ideas: lugar, comida, pastel, música, hielo. Ésas todavía no son tareas, son temas. «Comida» no es algo que alguien pueda hacer el martes.

Una tarea de verdad tiene cuatro partes:

2. Cada tarea: un verbo, una persona, una fecha y una prueba
ParteMalBien
Verbo«Lugar»«Reservar el salón»
Una persona«Todos»«Beto»
Fecha«Pronto»«Sábado 24 de octubre»
Está hecha cuando…«Ya hablé con el del salón»«Tenemos el recibo del anticipo»

La cuarta parte, «está hecha cuando…», es la que casi todos olvidan y la que más problemas evita. «Ya hablé con el del salón» no es «ya está reservado». Sin recibo, no está reservado.

Y la regla que más fiestas salva: una tarea con dos responsables es de nadie, porque cada uno cree que la hace el otro. Pueden ayudar varios; responde uno.

En su proyecto, esto es la diferencia entre «avanzamos con la integración» y «el pedido llega del portal al ERP, con su folio, en ambiente de pruebas, y lo validó su área de finanzas». La primera frase se puede decir durante tres semanas seguidas. La segunda, o está o no está.

3. La cadena que manda

Algunas tareas no pueden empezar hasta que otra termine. No se reserva sin dinero, no se invita sin lugar y no se le dice a la taquiza cuántos van sin confirmar a los invitados:

dinero → lugar → invitación → confirmaciones → número final a la comida.

Esa cadena es la ruta crítica: la secuencia de tareas encadenadas que fija la fecha final. Si una de ellas se atrasa y nadie lo recupera, la fecha está en riesgo, y como la fiesta no se puede mover, lo que se pierde es otra cosa: invitados, comida o dinero. Todo lo demás, como la lista de canciones, tiene holgura. Por eso la primera semana de la fiesta va cargada a propósito: lo que destraba a los demás se hace primero, cuando todavía hay tiempo de corregir.

En su proyecto, la ruta crítica no está solo en el código. Con frecuencia pasa por los accesos a sus sistemas, el ambiente de pruebas de un proveedor externo, el acuerdo sobre qué datos se entregan y en qué formato, o la persona de su equipo que conoce el proceso actual. Si nadie los pidió para la fecha en que el plan los necesita, el proyecto ya va tarde, aunque nadie lo haya notado.

4. Planear no es organizar

Con la meta, las tareas, el orden y el presupuesto, los tres amigos tienen un plan muy bonito. Y todavía les falta la mitad.

Planear es decidir qué se va a lograr, qué hay que hacer y cuándo.

Organizar es decidir quién lo hace, con qué, quién decide y cómo se coordinan.

Planear es escribir la receta; organizar es repartir la cocina. Una receta sin cocina repartida no se cocina. Para organizar la fiesta toman seis decisiones:

  1. Dueños. Cada bloque (lugar, invitados, comida, dinero) tiene una persona que responde por él completo. Si aparece algo nuevo de ese bloque, ya se sabe de quién es.
  2. Recursos. El dinero vive en una cuenta aparte y lo maneja Carla; nadie paga de su bolsa sin avisar.
  3. Quién decide qué. Dentro de su bloque y su presupuesto, decide el dueño. Gastar de más o mover la fecha lo deciden los tres. Y nombran desde el principio a una líder del evento, Carla, que tiene la última palabra cuando los tres no se ponen de acuerdo.
  4. Cómo se coordinan. Un grupo para platicar, una junta para decidir y una hoja compartida como única verdad: si no está en la hoja, no pasó.
  5. Quién vigila el conjunto. Una persona, con nombre, desde el primer día.
  6. Quién cubre a quién. Cada dueño de algo crítico tiene un respaldo que sabe lo suficiente para seguir sin llamarle.

En su proyecto, éstas son las preguntas que un buen arranque contesta por escrito: quién es dueño de cada frente, de su lado y del nuestro; quién aprueba un cambio de alcance; dónde se platica, dónde se decide y dónde queda la verdad; quién lleva el seguimiento; y qué pasa si la persona clave sale de vacaciones. Si alguna se queda sin respuesta, el proyecto tiene un plan, pero no tiene quién lo ejecute.

5. Una persona que vigila el conjunto

Éste es el punto que más se olvida. Cada responsable cuida su tarea y casi nunca ve las de los demás. Beto está feliz porque su bocina ya está probada, y no se da cuenta de que nadie ha confirmado a los invitados. Si todos revisan, nadie revisa.

En la fiesta, esa persona es Carla. Pregunta uno o dos días antes de cada fecha límite, no después. Cuando alguien dice «ya está», pide la prueba. Avisa un problema el mismo día, sin esperar a la junta. Y no hace las tareas de los demás, porque entonces deja de vigilar todo lo otro.

Carla mira dos cosas distintas:

  • Cumplimiento: ¿cada tarea se hizo, y bien? Se revisa tarea por tarea, con su prueba.
  • Avance: ¿vamos al ritmo? El lunes 26 de octubre, según el calendario, debían estar hechas 6 tareas y hay 4 con prueba: 4 de 6, el 67%. «Casi todo está hecho», y aun así la semana va en rojo, porque una de las dos que faltan está en la ruta crítica: el salón que eligieron ya no tenía ese sábado, y sin salón no sale la invitación.

Para no discutir opiniones, usan un semáforo con reglas escritas:

  • Verde: hecha y con prueba. «Ya casi», «ya lo tengo visto» y «ya hablé» no son verde.
  • Amarillo: todavía no está hecha, pero va a llegar a tiempo.
  • Rojo: no va a llegar a tiempo, o está atorada. Se decide algo en la siguiente junta, no después.

En su proyecto, ese semáforo existe o no existe. Si su proveedor le reporta «90% de avance» durante un mes, no hay semáforo: hay una opinión. Pregunte cuántas entregas debían estar aceptadas a hoy, según el plan, cuántas lo están, con su prueba, y si alguna de las que faltan está en la ruta crítica.

6. Un rojo temprano es una buena noticia

Ver el rojo es el monitoreo. Hacer algo con él es el control. Con el salón perdido, en la junta del lunes pasan por cuatro preguntas: qué pasó exactamente, qué afecta, qué opciones hay y qué deciden. La decisión sale con nombre y fecha: Beto reserva el salón B al día siguiente. Cuesta $400 más, así que el colchón para imprevistos baja de $700 a $300, y desde ese día saben que ya no pueden subir la comida.

Lo que hace que esto funcione no es la junta: es que el rojo apareció con tres semanas por delante y no la víspera de la fiesta. Por eso el peor error es esconder un rojo «para no preocupar»: el problema crece en silencio y llega cuando ya no hay opciones.

Y un detalle que casi nadie planea: también fallan las personas. Se enferman, se quedan sin pila, no contestan. El plan B de la fiesta dice qué pasa si Carla se enferma la semana del evento, y quién empieza a decorar si a las 6:30 p.m. nadie localiza a Beto. Para que un respaldo sirva, los teléfonos, los recibos y los acuerdos no pueden vivir en el celular de una sola persona.

En su proyecto, la pregunta incómoda es: ¿qué pasa si mañana se va la persona que más sabe? Si la respuesta es «nos atoramos», el proyecto depende de que a esa persona no le pase nada.

7. Los temas que nadie decide

No todo lo que se atora es una tarea en rojo. Hay algo más silencioso: los temas que nadie decide. «Luego lo vemos.» «Hay que platicarlo.»

En la lluvia de ideas apareció «regalo», pero nunca se volvió tarea. El 5 de noviembre Ana pregunta por él: ella quiere que entre los tres le den uno de $1,500, y Beto propone que cada quien dé el suyo. No se ponen de acuerdo y se quedan en «luego lo vemos». Si nadie hace nada, el sábado llegan sin regalo o alguien lo paga del dinero de la fiesta y rompe el presupuesto. No decidir también es decidir, casi siempre de la peor forma.

La solución tiene dos partes. Primero, ningún tema vive solo en la memoria: se anota en una lista de temas abiertos, con dueño y fecha para decidirse, y se repasa al final de cada junta, del más viejo al más nuevo. Segundo, si un tema pasa dos juntas sin acuerdo, decide la líder, y lo hace en seis pasos:

  1. Avisa que va a decidir y cuándo.
  2. Escucha, con límite: una propuesta corta de cada quien, con su razón, antes del domingo a las 8:00 p.m.
  3. Decide con la información que hay. El regalo de $1,500 no cabía en los $300 que quedaban de colchón, y eso bastó.
  4. Explica el porqué.
  5. Lo escribe: qué, por qué, quién y para cuándo.
  6. No lo reabre, salvo que aparezca información nueva. «Lo pensé otra vez» no es información nueva.

La decisión: del dinero de la fiesta no sale regalo. Cada quien da el suyo con su dinero, y Ana organizó una cooperación aparte, fuera de los $9,000, para los audífonos que Sofía quería. Sofía tuvo regalos y la fiesta no se pasó del presupuesto.

En su proyecto, los temas sueltos son los que más tiempo cuestan: la regla de negocio que nadie de su lado termina de definir, el campo que el área A quiere y el área B no, o la aprobación que espera a alguien que nunca está en la junta. Cada uno necesita un dueño, una fecha y alguien con la última palabra, acordado desde el arranque.

8. Cerrar para que la próxima salga mejor

El domingo, los tres revisan las cuatro condiciones del principio. Sofía no se enteró, llegaron 27 y gastaron $8,850, debajo del tope. Pero el pastel llegó a las 8:50, no a las 8:30. Resultado: tres de cuatro.

Luego buscan la causa: el pastel se encargó «para la tarde», sin hora exacta. Y la acción para la próxima cabe en una línea: toda entrega se pide con hora exacta, y con margen antes de cuando se necesita.

En su proyecto, lo primero es la revisión contra los criterios de éxito; lo segundo, la retrospectiva: qué salió bien, qué salió mal, por qué y qué cambia la próxima vez, con dueño. Casi siempre se omite porque «ya se entregó», y es justo lo que hace que el segundo proyecto con el mismo proveedor salga mejor que el primero.

Seis preguntas para hacerle a su proyecto el lunes

No necesita ser experto en software para saber si su proyecto va bien. Hágale estas preguntas a su proveedor o a su equipo:

  1. ¿Cómo vamos a saber, con un sí o un no, que el proyecto salió bien?
  2. ¿Cada tarea tiene una sola persona responsable y una prueba de que está terminada?
  3. ¿Cuál es la cadena de tareas que, si se atrasa, atrasa todo? ¿Qué de esa cadena depende de mi lado?
  4. ¿Cuántas entregas debían estar listas a hoy y cuántas lo están, con su prueba?
  5. ¿Qué temas están abiertos, quién es dueño de cada uno y quién tiene la última palabra?
  6. ¿Qué pasa si mañana se va la persona que más sabe del proyecto?

Si alguna no tiene una respuesta clara, con un dueño, una fecha o una prueba, ya encontró dónde está el riesgo.

¿Y la metodología?

Nada de esto depende de si su proyecto avanza por etapas, en sprints o con una mezcla de los dos. Elegir el enfoque es otra decisión, que explicamos en Cascada o Scrum: cómo elegir. Cualquier enfoque falla si nadie es dueño de las tareas, si los rojos se ven tarde o si los temas no se deciden. Y cualquiera funciona mucho mejor cuando esas seis preguntas tienen respuesta desde el primer día.

Qué hace Hábil

Hábil es una consultora mexicana de ingeniería, fundada en 2006, que construye e integra sistemas que no pueden fallar. Al arrancar un proyecto, acordamos con usted las respuestas a esas seis preguntas y las dejamos por escrito. Después, usted ve el avance en un tablero de tareas compartido —ClickUp, Jira o el suyo—: cada tarea con su responsable, su fecha y su prueba de terminada, y los temas abiertos con su dueño. No tiene que esperar a la junta de fin de mes para saber cómo va. Vea la página Cómo trabajamos. Si su proyecto es una app o un portal para sus clientes, vea también Apps web, móviles y de escritorio.

La primera conversación es sin costo. Platiquemos de su proyecto: el que va a arrancar o el que ya está en marcha y no avanza como esperaba. Escríbanos por WhatsApp.

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